Un gran saludo para mis lectores, agradecido siempre por esos comentarios en mis redes sociales sobre estos temas que solo buscan crear conciencia en cada uno, contados de una manera diferente, pero el fin es simple, educar sobre nuestra salud.
Esta semana les cuento sobre Jesús Terán, vivía en una humilde vivienda, ubicada en la carretera vieja de La Guaira, de niño ayudaba a su primer padrastro en labores de albañilería. El chico era bastante despierto y colaborador ganándose con facilidad la simpatía de su entorno.
Jesús asistió a la escuela del barrio hasta tercer grado. Cuando el padrastro los abandonó, su madre afligida le dijo: –Ahora, el hombre de la casa, eres tú…. Y de allí en adelante su vida fue puro trabajo.
Al principio se desempeñó como pregonero de un diario vespertino donde le asignaron la zona de La Laguna de Catia, por esas calles conoció a otros pregoneros con historias similares a las de él. Aquellos niños transformados en adultos prematuramente, para reafirmar su condición, fumaban cigarrillos al terminar su trabajo, pronto incluyeron al recién llegado Jesús. Más adelante compartieron cervecitas “para refrescarse del calor”.
A Jesús le llamó la atención la tranquilidad que sentía posterior a los tragos, era una felicidad particular, sin razón que la justificara, disipando el estrés y manteniendo lejos, la tristeza de sus recuerdos.
Un día cualquiera, conoció a Barbarito, limpiabotas de El Silencio, quien lo invitó a trabajar con él los fines de semana. “vente conmigo Jesús, en el centro, los fines de semana abundan los clientes y se levanta buen dinero” lo cual se cumplió como una profecía.
Al poco tiempo, usó la madera de un mueble viejo que encontró en el basurero del barrio, así se fabricó su propia caja donde guardar los instrumentos de trabajo. Con habilidad le incorporó una plataforma especial para colocar el pie, del cliente de turno.
El ambiente festivo, de los viernes y sábados por la noche, era pulido por los limpiabotas desde temprano en la tarde. Los transeúntes en medio de la emoción querían “mejorar su pinta con unos zapatos bien limpios y brillantes”. Ese mismo ambiente lo llevó a probar bebidas de mayor grado etílico. Jesús guardaba con celo, una botellita de aguardiente en su cajón de limpiar botas, la cual necesitaba tomar a diario para soportar el peso de la jornada. En la medida que pasaron los años cada vez necesitaba mayor cantidad de aguardiente, para lograr el mismo efecto, privando en su economía el consumo de su mal compañero sobre los alimentos.
Dando tumbos, entrada la noche, Jesús llegaba a la casa de su mamá, por lo que eran frecuentes los reclamos de la vieja, quien observaba con preocupación el deterioro de su muchacho. Se quejaba en las mañanas de ardor de estómago y dolor de cabeza que se disipaba con los tragos del nuevo día.
Una noche de esas, Jesús se quedó dormido en plena acera. Cuando despertó había desaparecido su cajón de limpiabotas con todos sus utensilios y no tenía en los bolsillos ni el aguardiente ni el dinero que aquel día había ganado.
Necesito caminar largamente para llegar a su hogar, decidiendo cortar camino por un monte tupido y extenso cargado de humedad. Pronto se arrepintió de tomar aquel atajo al sentir las picaduras de varios enjambres de mosquitos.
Unos días después, Jesús estaba con fiebre alta precedida de agudos escalofríos, dolor en las articulaciones y músculos, mareos e intenso malestar general. Su mamá le preparó té de toronjil y malojillo, pero lejos de mejorar cada vez lo veía peor… Luego se presentaron náuseas y vómitos. Una vecina enfermera le recomendó llevarlo al hospital porque se estaba deshidratando.
La semana que viene continuaremos con la historia de Jesús el limpiabotas, porque esto es mucho más común de lo que se cree y trae grandes consecuencias. Mientras los espero en mis redes sociales @drsotorosa.
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