¡Vivimos sumergidos en la ansiedad de no tener o ser suficientes!

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Viendo a mi alrededor y también un poco hacia adentro, esta semana, me he dado cuenta de que la mayoría vivimos con la sensación que hacemos poco o que nunca es suficiente para cubrir TODO aquello que se necesita o pretendemos en la vida.

A ver, me explico mejor, me refiero a que nunca tenemos suficientes ingresos para cubrir nuestras necesidades o aspiraciones económicas; nunca tenemos tiempo suficiente para descansar, trabajar, ejercitarnos, disfrutar de las cosas sencillas, de nuestros afectos, de nuestras familias, para estudiar, en fin, siempre sentimos que nos falta algo en TODO. Por ejemplo, que nos somos lo suficientemente flacos, guapos, que nos falta un carro, casa, una pareja o buen amigo, es decir, creo que tenemos la tendencia a vivir desde la escasez o con la sensación que no tenemos lo que merecemos o deseamos.

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He analizado concienzudamente en cómo lidiamos con nuestras supuestas carencias, pero además con la angustia y nuestra terca inclinación a la anticipación de lo que va a pasar o de lo que NO vamos a “lograr”, siempre nos situamos en lo que NO fue, NO es o NO será y casi nunca ponemos el foco en los SI que nos regala la vida, sean pequeños o grandes.

¿Por qué nos cuesta tanto, pero tanto, vivir el momento presente y ver lo bueno? Y Cuidado, vivir atrapados en un bucle interminable de la ansiedad, la rumiación y una necesidad neurótica de accionar permanentemente para llenar “todos esos vacíos” puede llegar a agotarnos a tal nivel que, sin darnos cuenta, nuestro cuerpo simplemente colapsa.

De hecho, creo que yo soy una de esas personas que parecen no saber quedarse quietas; de esas que les aterra el silencio y son incapaces de disfrutar de la paz porque piensan que si se quedan quietas se van perder algo importante de la vida o no van a lograr todo eso que creen les hace falta. Y me pregunto con preocupación: ¿Es que acaso la altísima competitividad de este mundo moderno nos ha llevado a creer que nunca somos suficientes o tenemos lo justo? ¿Será que hemos asociado el descanso con el fracaso o la falta del éxito? Pero … ¿Será realmente eso que imaginamos el éxito? Lo cierto es que esta inercia de correr hacia ninguna o “a alguna parte” nos está enfermando.

La mente que siempre está buscando o imaginando se anticipa y vive casi siempre en un escenario de ficción. Nos inventamos metas que no necesariamente nos llenarán de satisfacción, problemas que aún no existen. Ensayamos tragedias que probablemente jamás ocurrirán y, mientras tanto, el «aquí y ahora» se nos escapa entre los dedos. Contundentemente dejamos de disfrutar de lo que sí tenemos y es real.

Amigos, el cuerpo, que no sabe distinguir entre lo que es verdadero y un pensamiento sobre el futuro que no existe, reacciona exactamente igual: activa todas las alarmas, tensa los músculos y acelera el corazón si lo que tenemos en el cerebro no es positivo.

Yo soy de las que cree que al estar hiperactiva estoy siendo productiva, cuando en realidad quizás tu y yo solo estamos huyendo de nosotros mismos y de nuestras carencias, atrapados en la falsa creencia de que nuestro valor como seres humanos depende exclusivamente de la cantidad de tareas que tachamos en una agenda.

¿Cuál es el costo biológico del continuo hacer?

Ciertamente nuestra salud emocional y física están en riesgo, por ello es vital que miremos lo que dicen los especialistas en salud mental y sociología para entender que esta angustia de querer más o experimentar permanentemente la insuficiencia, tiene una consecuencia biológica y cultural muy clara.

El reconocido neurocientífico y endocrinólogo de la Universidad de Stanford, el Dr. Robert Sapolsky, explica en sus investigaciones sobre el estrés crónico que los seres humanos somos la única especie capaz de activar la respuesta de «lucha o huida» solo con el pensamiento; y mantener este bucle de sobre pensar, sobre hacer y de la anticipación eleva de forma sostenida los niveles de cortisol y adrenalina, lo que a largo plazo suprime el sistema inmunológico, altera los ciclos de sueño y precipita el colapso cardiovascular o digestivo. Por tanto, el cuerpo no frenará por capricho; frena porque lo vaciamos y se enferma.

Desde la perspectiva sociológica, el pensador Byung-Chul Han acuñó el término «la sociedad del cansancio» para describir precisamente este fenómeno. Han señala que el individuo moderno no está explotado por un tercero, sino que se autoexplota a sí mismo bajo la ilusión de la autorrealización. La competencia ya no es solo externa; es interna y despiadada: sentimos que nunca hacemos lo suficiente, lo que genera una insatisfacción crónica y una ansiedad de rendimiento destructiva.

Asimismo, estudios publicados en la revista científica Psychological Science demuestran que la incapacidad de habitar el presente reduce drásticamente la «resiliencia cognitiva», aumentando la vulnerabilidad a trastornos de ansiedad generalizada. La necesidad permanente de accionar no es eficiencia, es un mecanismo de evitación psicológica que nos enferma indefectiblemente.

¿Qué hacer para desactivar la continua necesidad del logro? ¿Qué hacer para habitar el presente?

Aplica el anclaje sensorial. Cada vez que sientas que tu mente viaja al futuro con un «qué pasaría si…», detente y respira profundo. Pon el foco en nombrar en voz alta tres cosas que puedas ver, dos que puedas tocar y una que puedas escuchar en ese preciso instante para regresar tu cabeza al presente.
Acepta la incomodidad de la quietud. Modula tu impulso de agarrar el teléfono o buscar una tarea apenas te quedas sentada, es decir, practica conscientemente el «no hacer nada» durante cinco minutos al día. Deja que el silencio se acomode en tu alma porque la paz también se entrena.

Cuestiona tus pensamientos negativos. Cuando te descubras anticipando un problema, pregúntate con honestidad: ¿Qué evidencia real y objetiva tengo de que esto va a suceder hoy? De esta manera desarmas la “ficción” de tu mente con hechos reales.

¿Cómo proteger tu cuerpo del colapso y equilibrar tu productividad diaria?

Establece «barreras de desaceleración. Diseña bloques de tiempo innegociables en tu rutina donde esté prohibido estar en modo “producir”. El descanso no es un premio que te ganas por trabajar en exceso; es la pausa biológica vital para que tu sistema nervioso se repare.

Reconfigura tu autoconcepto. Repítete como un mantra diario que tu valor como buen ser humano y profesional no se mide por tu hiperactividad o tus logros. Eres suficiente hoy, con tus tareas completas o incompletas. Suelta la trampa de la competencia infinita.

Monitorea los síntomas de alerta física. No ignores las somatizaciones. La tensión en la mandíbula (bruxismo), la acidez estomacal constante y el insomnio o el levantarte cansada (o) son los preavisos que da el cuerpo antes de colapsar. Escuchar a tiempo es evitar el freno de emergencia.

Cierro con la siguiente idea …

Vivir corriendo, siempre haciendo porque quieres lograr miles de cosas para sentirte lleno es la forma más rápida de vaciar nuestro hoy. La competitividad y la prisa del mundo actual, tan automatizado con la tecnología, nos han hecho olvidar que la vida se experimenta a un ritmo mucho más pausado y humano, en lo “simple”. Aprender a detenerse, a respirar y a confiar en nuestras capacidades sin la necesidad de demostrarlas a cada segundo no es un lujo imposible, es una urgencia para nuestra salud orgánica y espiritual.

No esperes a que tu cuerpo hable por ti a través de una enfermedad; toma las riendas de tu atención plena hoy mismo y recuerda que tu mayor éxito siempre será estar presente en tu propia vida.

¡A tu salud!

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