Desterremos el minimizar el rol paterno para sanar emocionalmente

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Hoy es el Día del Padre, una fecha propicia para reflexionar sobre la importancia del rol de papá. Deseo poner la mirada sobre esa queja, muchas veces silenciosa y otras tantas expresada entre dientes, que ciertamente no es una mentira ni una exageración: la de muchos hombres que, teniendo el rol tan trascendental de dar vida a otro ser humano y formarlo para el mundo, sienten que no reciben el mismo reconocimiento social que las madres. Si amigos ¡Papa es tan importante como mamá! ¡Qué se los digo yo desde mis carencias y desde el agradecimiento de haber tenido el papa que tuve!

La cultura popular está plagada de refranes que comparan la maternidad con la paternidad, y casi todos relegan al hombre a una posición secundaria, de minusvalía o desapego en su paternidad. Considero que todos, como sociedad, debemos esforzarnos al máximo para desterrar estas creencias de nuestra vida diaria y de nuestra psique.

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Pareciera que el propio esquema cultural nos ha llevado a asumir erradamente que un niño necesita mucho más a su mamá que a su papá, y no es así. Lo digo con conocimiento de causa y desde una honestidad profunda: la ausencia o la disfunción de un padre deja huellas dolorosas y son heridas que difícilmente cierran.

Cuesta mucho superar el vacío de no contar con la cercanía, el amor, la validación y el cuidado de un papá; se los digo, insisto, desde mí experiencia. En muchas ocasiones, esa ausencia no es necesariamente una decisión consciente del hombre; a veces, la dinámica conflictiva con la madre le hace el trabajo difícil y él, por comodidad —una conducta típicamente masculina en situaciones de tensión—, decide apartarse. Sin embargo, no tienen ni idea del daño estructural que causan.

Hoy en día, con tanta información disponible, no se justifica que un padre no tenga la humanidad y la responsabilidad de hacer lo suyo.

Debemos demoler esos refranes que nacieron de realidades antiguas pero que han sembrado el germen del desapego. Pensemos en la vieja frase en latín «Mater semper certa est» (la madre siempre es conocida), acuñada porque antes la paternidad no se podía comprobar al cien por ciento; afortunadamente, la ciencia ya cambió eso. O el terrible dicho «Amor de madre, que lo demás es aire», que pretende dictaminar que el único afecto seguro y eterno es el materno, mientras el de papá se lo lleva el viento. ¡Qué gran error! El amor de papá es vital. Lo mismo ocurre con «Quien tiene madre, no tiene padre» o «Amor de padre, un día de tarde», que justificaban al hombre únicamente como un proveedor económico y emocionalmente ausente.

Y la peor de todas: «Madre solo hay una y padre puede ser cualquiera». Si bien el amor de mamá es insustituible, el de papá también lo es. La paternidad biológica puede ser sencilla, pero lo verdaderamente difícil es criar, y en esa tarea indefectiblemente deben estar involucrados ambos.

¿Cuál es el peso de la herida que puede causar un “padre”?

Amigos, es fundamental comprender el impacto clínico y sociológico de estas carencias. En la psicología moderna, el vacío dejado por una figura paterna defectuosa se conoce formalmente como «la herida del padre». Especialistas en terapia familiar, como la doctora Peg Streep, autora de investigaciones clave sobre el apego, explican que mientras la madre suele representar el refugio regulador del niño, el padre es el puente hacia el mundo exterior: es quien modela la seguridad, la exploración, la imposición de límites saludables y la autoconfianza. Cuando este pilar falla, el desarrollo emocional del menor se altera de manera drástica.

La ausencia no siempre es un espacio vacío por abandono físico; se manifiesta con igual gravedad a través del «presente ausente»: ese progenitor que cohabita bajo el mismo techo, pero se muestra frío, indiferente, autoritario o padece de adicciones.

Los especialistas han dejado registro científico que clasifica este impacto en tres grandes heridas que el niño arrastra hasta su madurez:

  • El abandonado emocionalmente. El pequeño asume que sus necesidades no son valiosas, creciendo con la falsa premisa de que, si el primer hombre que debió amarlo no lo ve, es porque no tiene valor.
  • El que desconfía de la vida. Si el padre es impredecible, violento o inestable, el hogar deja de ser un lugar seguro. El niño aprende a ver el mundo exterior como un entorno hostil donde no se puede confiar en nadie.
  • El que lucha por no sentirse insuficiente. Típico de padres hipercríticos. El hijo internaliza que solo es digno de afecto por lo que logra, es decir, por sus calificaciones en el colegio o sus éxitos en la vida y no por lo que es.

Las repercusiones en el adulto del papá que no lo es …

Cuando ese niño alcanza la adultez, las investigaciones publicadas en la prestigiosa revista Journal of Counseling Psychology demuestran que estas heridas se mudan directamente a la personalidad y a las relaciones de pareja. Es común observar el desarrollo de un apego ansioso, donde el individuo tolera maltratos e infidelidades por un pánico atroz a ser abandonado nuevamente; o en contraparte, un apego evitativo, levantando muros de piedra y huyendo de la intimidad afectiva para evitar ser lastimado primero. Asimismo, se genera una tendencia inconsciente a buscar parejas frías o inaccesibles, intentando recrear y «salvar» el patrón truncado con papá.

A nivel de autoconcepto, el adulto suele padecer una baja autoestima crónica, un vacío interno persistente y el denominado síndrome del impostor, sintiendo de forma recurrente que «nunca es suficiente». También desarrollan una autonomía forzada —hiperresponsabilidad y severa dificultad para pedir ayuda— debido a que aprendieron en la infancia que debían cuidarse solos. Amigos todo esto me describe fielmente.

El impacto científico también se ramifica según el género. En las mujeres, el padre constituye el primer modelo de energía masculina; su ausencia distorsiona los criterios de elección de pareja, empujándolas con frecuencia a buscar figuras paternas en sus relaciones o a normalizar vínculos tóxicos. En los hombres, el padre es el espejo de la masculinidad y de la gestión emocional. La falta de este referente suele desencadenar un profundo resentimiento hacia sí mismos, confusión en su identidad o, en el peor de los casos, la repetición inconsciente del ciclo, convirtiéndose en padres abandonadores.

¿Cómo sanar la herida de la infancia y resignificar la figura paterna?

Deja de buscar la validación externa que te faltó en la niñez. Aprende a hablarte con el amor, el orgullo y la firmeza protectora que tu padre no supo darte. Eres el adulto a cargo de asegurar tu propio bienestar.
Los especialistas también recomiendan, monitorear cómo actúas en tus relaciones.

Si te descubres mendigando afecto o, al contrario, aislando tu corazón por miedo, detente. Deber reconocer que tienes el poder de elegir vínculos sanos y recíprocos. Y cada vez que el síndrome del impostor te susurre que no eres suficiente, desarma ese pensamiento. Haz una lista objetiva de tus esfuerzos, virtudes y logros reales. Tu valor humano está intacto y no depende de la aprobación de nadie.

¿Cómo construir una paternidad presente y consciente?

El que es papá debe concientizar que el mejor legado para sus hijos no es solo el sustento económico, sino el tiempo y la atención plena. Cambiar pañales, cocinar, llevarlos al médico y abrazarlos con el corazón son las acciones que destruyen esos refranes del pasado.

Enfócate en romper el paradigma del hombre frío o autoritario. Permítete expresar afecto, validar las emociones de tus hijos y escuchar sus necesidades sin juzgarlos. Enséñales que el hogar es el espacio más seguro del mundo.

Si tuviste un padre ausente, no cargues esa mochila en la crianza de tus hijos. Asistir a terapia psicológica te permitirá procesar tus dolores pasados para evitar replicar el ciclo de abandono o sobre exigencia con tu descendencia.

Para finalizar …

El mundo cambió radicalmente, y con él deben evolucionar de una vez por todas los modelos de crianza. Hoy contamos con leyes que protegen la corresponsabilidad, avances científicos que derribaron los viejos mitos (ya podemos saber que solo hay un papá bilógico) y, sobre todo, una creciente ola de papás maravillosos que han decidido ser compañeros activos en el camino de la vida.

A esos hombres que crían, guían y sostienen desde el amor diario: gracias por ganarse con total dignidad ese lugar sagrado. Y a quienes aún cargan el dolor de la ausencia de papá como yo (por tiempo no por deseo pues mi padre lastimosamente no vivía cerca), recuerden que sanar es posible si tomamos las riendas de nuestra evolución espiritual y emocional.

¡A tu salud!

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