El espejo de la intolerancia: ¿Dónde quedó el respeto por lo ajeno?

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Vivimos en la era de «opinología» desbordada donde el límite entre mi libertad y la del otro parece haberse borrado por completo. ¿De dónde nació esa necesidad tóxica de fiscalizar para juzgar la vida ajena que es, en el fondo, una de las mayores fugas de energía y salud mental que existen?

Desde luego que me encanta la vida: la sonrisa de los que amo, los abrazos de mi gente, el amor incondicional de mi madre y lo que se desprende de mis logros profesionales. Reafirmo mi amor por la vida cuando el tiempo y las circunstancias diarias me enseñan que no ha sido en vano lo que he aprendido tras un tropiezo o cuando he conseguido un hito que creía imposible. Pero a pesar de ello, estoy segura de que TODOS hemos tenido momentos en los cuales hemos pensado: «¡Cómo me gustaría cerrar la TAGUARA e irme de aquí!». Y no me vengan con que no les ha pensado por la cabeza, porque la gran mayoría hemos sentido ese hartazgo en algún momento.

El filósofo John Stuart Mill lo estableció con claridad meridiana en su libro “Sobre la libertad” (1859): ninguna persona ni sociedad tiene derecho a interferir en las decisiones de un individuo que únicamente le afectan a él mismo, es decir, hay momentos en que todos estamos en nuestro derecho de decir, hoy no puedo más, hoy me aíslo, hoy me quedo en mi casa y simplemente me detengo, es decir, no hago nada o no quiero ver a nadie porque estoy decepcionada del mundo.

Ese libre albedrío, bien administrado, es un derecho que no podemos dejarnos robar, pero además, NADIE tiene derecho ni de juzgar, ni de criticarte ni de meterse en tu vida. Mientras no hagamos daño a nadie podemos hacer lo que deseemos sin que nos importe el qué dirán. Por ejemplo: “Es que te quiero y me hace daño que te alejes”, pues qué carajo no somos dueños de NADA y mucho menos te pertenezco, ese es tu peo. Crece y entiende que nada te pertenece, que venimos sin nada y nos vamos si nada.

Tenemos la mala costumbre de querer controlarlo todo y en función de ello NO dejamos vivir a los que no piensan como nosotros, criticamos sus creencias, pensamos que son inútiles. Pero que nadie tenga el valor de meterse con las nuestras, porque hacemos lo que haga falta para detenerlo. Pues si no se meten contigo, deja que hagan lo que quieran, y más si está dentro de la ley.

Otra cosa que nunca llegaré a entender es cómo muchas parejas están juntas. Pero si se aman, ¿quién soy yo para decir nada? Nunca llegaré a comprender cómo muchos grupos musicales siguen girando con las mismas canciones de siempre. Pero si siguen llenando estadios, ¿quién soy yo para decir que no vaya nadie? Otros incluso dicen cómo hay libros que se venden sin parar siendo simples “cortinas de humo”.

Pero, como siempre me decía una persona muy importante en mi vida, mi abuela: tiene que haber de todo en la viña del Señor y mucho de ello, nada tiene que ver conmigo y mucho menos voy a estar de acuerdo.

¿Dónde queda el respeto en esta sociedad? ¿A qué te gusta que respeten tus opiniones? Entonces, ¿por qué no respetas la opinión de otros? Vivamos y dejemos vivir a los demás, siempre claro está respetando ciertas normas de convivencia. Dejemos de meternos en la vida de otros si eso no nos afecta directamente, pues todos tienen derecho a su libertad.

¿Por qué esta es mi reflexión de la semana?

Cada semana, al reflexionar sobre nuestra dinámica social, me asalta la misma pregunta: ¿En qué momento decidimos que nuestra opinión sobre la vida de los demás es un derecho absoluto? Todos exigimos, casi a gritos, que se respeten nuestras posturas, nuestros silencios y nuestras elecciones. Sin embargo, parece que esa vara no mide igual cuando se trata del vecino, del colega o incluso del desconocido en redes sociales. ¿Por qué nos cuesta tanto respetar la opinión de otros? ¿Por qué esa urgencia de meternos en vidas que no nos afectan directamente?

Vivimos bajo la premisa de «vivir y dejar vivir», pero la realidad nos muestra una sociedad obsesionada con el juicio ajeno. Interferir en las decisiones de los demás, cuando estas no vulneran nuestros derechos, no es «preocupación», es una invasión que nos aleja de nuestra propia evolución.

La Psicología del Intrusismo: ¿Por qué juzgamos?

Desde la psicología social, el acto de juzgar u opinar sobre la vida ajena suele ser un mecanismo de defensa. El Dr. Marshall Rosenberg, creador de la “Comunicación No Violenta”, sostenía que todo juicio es una expresión trágica de una necesidad propia no satisfecha. Cuando criticamos la forma en que el otro vive, muchas veces estamos proyectando nuestras propias inseguridades o la frustración de no atrevernos a vivir nuestra propia libertad.

Un estudio de la Universidad de Queensland reveló que las personas con mayor tendencia a monitorear y criticar las vidas ajenas suelen tener niveles más bajos de satisfacción personal. Es una transferencia: al enfocarnos en «corregir» al otro, evitamos el arduo trabajo de mirarnos al espejo y transformar nuestra propia dinámica diaria. Como suelo decirles en A Tu Salud, quien tiene un propósito claro y está ocupado construyendo su mejor versión, simplemente no tiene tiempo para gestionar vidas ajenas.

La trampa de la cámara de eco

El filósofo coreano Byung-Chul Han analiza cómo en la sociedad digital actual hemos perdido la capacidad de tolerar «lo distinto». Solo queremos ver lo que se nos parece y, cuando alguien opina o vive diferente, lo percibimos como un ataque personal. Esta intolerancia no es solo un problema de modales; es un problema de salud mental. La falta de respeto por la alteridad eleva el cortisol, nos mantiene en un estado de alerta constante y erosiona el tejido social.

Respetar no significa estar de acuerdo. Respetar es reconocer que cada ser humano tiene una trayectoria, unas heridas y una libertad que no nos pertenecen. Si la decisión del otro no te daña, tu opinión sobre ella es, en el mejor de los casos, innecesaria.

¿Cómo dejar de interferir en la vida de los demás?

Mi propuesta es recuperar la elegancia de la discreción y el valor del respeto. Aquí te dejo estas recomendaciones prácticas para transformar esa dinámica:

  1. Antes de emitir un juicio o una opinión sobre alguien, pregúntate: «¿Me afecta esto directamente?». Si la respuesta es no, guarda tu opinión. Tu paz interior te lo agradecerá. Solo da tu opinión si te la piden. Un consejo no solicitado suele ser percibido como una crítica, no como ayuda. Aprende a ver las decisiones de los demás como «hechos de la vida» y no como temas de debate personal.
  2. Cada vez que sientas el impulso de criticar la vida de otro, redirige esa energía a una meta personal pendiente. La insatisfacción propia es la madre de la crítica ajena. No todas las opiniones diferentes necesitan una respuesta. El silencio es, a menudo, la forma más alta de respeto y madurez.
  3. En lugar de pensar «¿Por qué hace eso?», intenta pensar «Qué interesante que vea la vida de esa manera». Cambiar el juicio por la curiosidad reduce el estrés social.

Si el estilo de vida o las opiniones de alguien te molestan, usa el botón de «dejar de seguir». No entres en la dinámica de la confrontación por el simple placer de tener la razón.

Finalmente, la verdadera libertad es permitir que los demás sean, mientras nosotros nos ocupamos de ser nuestra mejor versión. El respeto es el aire que permite que la convivencia sea respirable. ¡A tu salud!

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