Seguir viviendo: Cuando la tragedia se vuelve tu muleta

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La semana pasada en esta columna les escribí sobre el peso del silencio tras una catástrofe. Cómo entrevistando en mi podcast a un Biólogo Molecular y una psicóloga me explicaban que la biología demuestra como callar el dolor, o reprimir el miedo nos enferma físicamente, generando enfermedades como Alzheimer o Cáncer, y de lo vital que es hablar para sanar, soltar la culpa y acompañar al que lo perdió todo.

​Sin embargo, a medida que pasan los días y el mundo sigue su curso, empieza a asomar la otra cara de la moneda: el momento en que la tragedia deja de ser un duelo que se procesa y se convierte en un escudo para no avanzar.

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​En la comunicación del día a día es fundamental llamar a las cosas por su nombre. Una es el trauma real, el miedo y dolor de una pérdida, y otra muy distinta es usar la sombra del terremoto como la excusa perfecta para esconder nuestros propios miedos de siempre, fobias preexistentes y, seamos sinceros, las irresponsabilidades.

​La comodidad de la parálisis

​Es humano buscar refugio cuando el piso se mueve. Pero cuando la polvareda baja, quedarse paralizado a propósito resulta extrañamente cómodo. Hay quien hoy dice «es que después del temblor no puedo con nada» para no asumir el compromiso laboral que tenía pendiente.

Hay quien usa el pánico para no enfrentar una conversación incómoda en pareja, no tomar la decisión de emprender o postergar indefinidamente las metas que ya le daban miedo mucho antes de que la tierra se sacudiera.

​El sismo nos afectó a todos, de eso no hay duda. Pero convertir una tragedia colectiva en una muleta personal es una trampa peligrosa. Te adormece, quita la autonomía y convierte en un espectador de tu propia vida.

​De la empatía a la responsabilidad

​Como les dije la semana pasada, hablar nos salva. Pero hacerlo también significa ser honestos frente al espejo y preguntarnos: ¿Lo que me paraliza hoy es el sismo o el miedo que ya llevaba por dentro?

​Reconstruir un país o levantar una vida familiar requiere de la solidaridad de todos, pero la verdadera empatía no consiste en alcahuetear la parálisis del otro, sino en impulsarlo a ponerse de pie.

​Si sientes que alguien a tú alrededor —o tú mismo— se está escudando tras el desastre para no responderle a la vida, ten en cuenta estas tres verdades:

  1. ​El miedo no se cura con evasión: Usar el terremoto para no enfrentar tus deudas, proyectos o fallas relacionales no hace que el problema desaparezca; solo le añade una capa de autoengaño.
  2. Responsabilizarse también es sanar: Volver a asumir tus compromisos, horarios y metas no te hace insensible. Al contrario, le devuelve a tu mente la estructura y el control que el pánico le quitó.
  3. Diferenciar el trauma del pretexto: Aceptar la ayuda y hablar del dolor es sano; usar la crisis como excusa permanente para no aportar, cumplir o evolucionar, solo agota a quienes están a tu alrededor intentando sostenerte.

​Honrar la vida es dar el paso

​El mundo no se detuvo, ni se va a detener a esperar que decidamos estar listos. No se trata de ignorar lo que pasó ni de exigirnos estar al 100% de la noche a la mañana. Se trata de entender que la mejor forma de honrar que estamos aquí, sanos y de pie, es dejando de usar los escombros como trinchera.

​Cuando te toque salir a responderle a tu día, hazlo sin excusas. Respira profundo, reconoce lo vivido, pero asume tu vida con la frente en alto. Porque seguir adelante no solo es un derecho: es una responsabilidad.

​Y tú, ¿sientes que estás avanzando o te estás quedando en la excusa? Te leo en mi cuenta de Instagram: @elefracruz y nos escuchamos en “Fuera de lugar Venezuela”.


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